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El principio representativo y sus enemigos. Publicado en el Diario Correo (Piura), Martes 13 de Septiembre de 2011.

 Carlos Hakansson Nieto

La práctica de las formas constitucionales de gobierno se componen de tradiciones de larga data, donde el estilo de representación debe responder, como regla general, a lo políticamente correcto en aras de mantener la estabilidad y buena imagen de las instituciones. Una actitud lesiva a lo anterior es la improvisación, falta de formalidad y no ser consecuentes con la naturaleza del principio que sustenta cualquier parlamento en el mundo: el representación política.

La iniciativa del Congreso para realizar una visita a la Región Ica, como un manera de acercarse más a los ciudadanos, o al pueblo como se ha dicho expresamente, suena extraña dentro de la lógica de funcionamiento de cualquier forma constitucional de gobierno. La teoría de la representación política tiene un sentido contrario; es decir, no se trata que el parlamentario deje de visitar su Región durante la legislatura, sino que debe darse por supuesto que los congresistas conocen de antemano la problemática de los ciudadanos que representan. Por eso, una vez elegidos deben ejecer sus tres principales funciones: representar, legislar y fiscalizar. En efecto, los parlamentarios electos deben tener una visión de conjunto de los problemas y dificultades que afectan a su región, por eso todos los congresistas gozán de la representantividad política para llevar su voz en el Congreso de la República. No es de extrañar entonces la negativa percepción ciudadana luego de su visita, como han revelado las encuestadoras.

El principio de representación política debe estar acompañado de presupuestos para su efectivo ejercicio. La persona elegida para cualquier institución política debe ser el más idóneo de los candidatos, es decir, que tenga dotes de liderazgo, trayectoria personal, profesional y política intachable, así como experiencia en la gestión pública, por citar sólo algunos requisitos. Los enemigos de este principios son los mismos en cualquier forma de gobierno, sea parlamentarista o presidencialista: la informalidad y el populismo. La primera ligada con la todavía falta de tradición institucional para fortalecer la democracia, y la segunda por la carencia de formas democráticas para resolver los problemas. Recordemos que en la coducción de las formas de gobierno no hay nada nuevo que inventar, por eso es importante cuidar en no caer en el fácil juego de “las iniciativas novedosas” que, lejos de contribuir al fortalecimiento de las instituciones, producen el efecto contrario cayendo en actitudes más próximas a la demagogia.

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Observatorio constitucional

Martes 13 de Septiembre de 2011

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