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El discurso de BENEDICTO XVI en el Parlamento Británico. La religión contribuye al debate ético de las democracias (resumen); véase en Capellanía informa número 335, http://udep.edu.pe/capellania/capinf335.html

En su esperado discurso en la Westminster Hall, ante los representantes del mundo político, social, académico, cultural y empresarial británico, Benedicto XVI se centró en el papel de la religión en el proceso político y en el mutuo servicio que se prestan la razón y la fe.

Al hablar en el histórico lugar donde fue juzgado y condenado santo Tomás Moro por oponerse al rey Enrique VIII en nombre de su conciencia, Benedicto XVI aprovechó la oportunidad para reflexionar sobre “el lugar apropiado de las creencias religiosas en el proceso político”.

Hizo en primer lugar un elogio de la tradición parlamentaria británica, con la que “Gran Bretaña se ha configurado como una democracia pluralista que valora enormemente la libertad de expresión, la libertad de afiliación política y el respeto por el papel de la ley, con un profundo sentido de los derechos y deberes individuales, y de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley.” Y dejó claro que la Doctrina Social de la Iglesia “tiene mucho en común con esa perspectiva”, en su preocupación por la dignidad de la persona humana y en su énfasis en los deberes de la autoridad civil para la promoción del bien común.

Con todo, las cuestiones fundamentales que estaban en juego en el caso de Tomás Moro siguen planteándose en el proceso político: “¿Qué exigencias pueden imponer los gobiernos a los ciudadanos de manera razonable? ¿En nombre de qué autoridad pueden resolverse los dilemas morales?”, se preguntó Benedicto XVI.

El verdadero desafío para la democracia
Se trata de la ineludible cuestión de la fundamentación ética de la vida civil. “Si los principios éticos que sostienen el proceso democrático no se rigen por nada más sólido que el mero consenso social, entonces este proceso se presenta evidentemente frágil. Aquí reside el verdadero desafío para la democracia”, advirtió el Papa.

En el mundo político parece que solo cuenta el juego de mayorías y minorías, con la búsqueda de un consenso que permita aprobar unas leyes. Pero Benedicto XVI ha querido señalar que hay unas reglas éticas que son anteriores y superiores a la vida política, y que la democracia se debilita cuando las ignora.

Clarificó esto con dos ejemplos. Uno negativo: la reciente crisis financiera mundial, en la que “es opinión ampliamente compartida que la falta de una base ética sólida en la actividad económica ha contribuido a agravar las dificultades que hoy están padeciendo millones de personas”. Y otro positivo, uno de los logros más notables del Parlamento británico: la abolición de la trata de esclavos en 1807 (cfr. Aceprensa 14-03-2007). Recordó que “la campaña que condujo a promulgar este hito legislativo estaba edificada sobre firmes principios éticos, enraizados en la ley natural, y brindó una contribución a la civilización de la cual esta nación puede estar orgullosa.” Y, aunque no se extendió sobre este ejemplo histórico, hay que tener en cuenta que fue obra de una minoría cristiana, que con una campaña de años logró cambiar un consenso social arraigado que consideraba normal el comercio de esclavos.

El punto central de la cuestión es: “¿Dónde se encuentra la fundamentación ética de las deliberaciones políticas?” Más de una vez, cuando las instituciones religiosas presentan sus puntos de vista sobre cuestiones éticas debatidas en la vida política, hay quien las desdeña como puntos de vista “religiosos” o se indigna por esta “intromisión” de las iglesias que quieren “imponer” sus creencias.

Mutuo servicio de religión y razón
El discurso del Papa en Westminster Hall clarifica cuál es el papel de la religión en estas cuestiones. “La tradición católica mantiene que las normas objetivas para una acción justa de gobierno son accesibles a la razón, prescindiendo del contenido de la revelación. En este sentido, el papel de la religión en el debate político no es tanto proporcionar dichas normas, como si no pudieran conocerlas los no creyentes. Menos aún proponer soluciones políticas concretas, algo que está totalmente fuera de la competencia de la religión. Su papel consiste más bien en ayudar a purificar e iluminar la aplicación de la razón al descubrimiento de principios morales objetivos.”

Es decir, no se trata de anular en la argumentación ética el papel de la razón en nombre de la fe, sino de colaborar a que la razón llegue a descubrir esas normas objetivas. “Sin la ayuda correctora de la religión –advirtió el Papa–, la razón puede ser también presa de distorsiones, como cuando es manipulada por las ideologías o se aplica de forma parcial en detrimento de la consideración plena de la dignidad de la persona humana.” Pero Benedicto XVI reconoce que también es necesario el papel corrector de la razón “frente a expresiones deformadas de la religión, tales como el sectarismo y el fundamentalismo, que pueden ser percibidas como generadoras de serios problemas sociales.” “Dichas distorsiones de la religión surgen cuando se presta una atención insuficiente al papel purificador y vertebrador de la razón respecto a la religión.”

Así pues, “se trata de un proceso en doble sentido.” Benedicto XVI ha querido dejar claro que en el proceso político no debe haber una lucha entre la mentalidad secular y la religiosa en competencia para aplicar sus propias normas en el ámbito civil. “El mundo de la razón y el mundo de la fe –el mundo de la racionalidad secular y el mundo de las creencias religiosas– necesitan uno de otro y no deberían tener miedo de entablar un diálogo profundo y continuo, por el bien de nuestra civilización.”

Una contribución al debate nacional
Frente a los intolerantes que ven la religión como una fuerza negativa que hay mantener a raya relegándola a la vida privada, Benedicto XVI ha subrayado su aportación al debate público propio de una sociedad democrática. “La religión no es un problema que los legisladores deban solucionar, sino una contribución vital al debate nacional. Desde este punto de vista, no puedo menos que manifestar mi preocupación por la creciente marginación de la religión, especialmente del cristianismo, en algunas partes, incluso en naciones que otorgan un gran énfasis a la tolerancia. Hay algunos que desean que la voz de la religión se silencie, o al menos que se relegue a la esfera meramente privada.”

Como ejemplos, ha mencionado la actitud de los que en países de tradición cristiana quieren quitar la celebración pública de la Navidad para “no ofender” a miembros de otras religiones, o que sostienen que los cristianos que desempeñan un papel público hagan cosas que van contra su conciencia. “Éstos son signos preocupantes de un fracaso en el aprecio no sólo de los derechos de los creyentes a la libertad de conciencia y a la libertad religiosa, sino también del legítimo papel de la religión en la vida pública. Quisiera invitar a todos ustedes, por tanto, en sus respectivos campos de influencia, a buscar medios de promoción y fomento del diálogo entre fe y razón en todos los ámbitos de la vida nacional.”

Para hacer ver que esta colaboración entre Iglesias y Estado es fecunda, mencionó diversos ámbitos en que el gobierno británico y la Santa Sede cooperan (derechos humanos, ayuda al desarrollo, reducción de la deuda, conservación de la paz…). Pero también advirtió que “Para que dicha cooperación sea posible, las entidades religiosas –incluidas las instituciones vinculadas a la Iglesia católica– necesitan tener libertad de actuación conforme a sus propios principios y convicciones específicas basadas en la fe y el magisterio oficial de la Iglesia. Así se garantizarán derechos fundamentales como la libertad religiosa, la libertad de conciencia y la libertad de asociación.”

En el trasfondo de estas palabras hay algunos conflictos recientes, como el que agencias católicas de adopción hayan tenido que retirarse de este campo por no estar dispuestas a dar niños a parejas homosexuales. Con lo que, paradójicamente, en nombre de la “no discriminación” se acaba discriminando a los que quieren ser fieles a sus propios principios.

Esta visita histórica de un Papa al Parlamento británico deja un discurso que será un punto de referencia para analizar las relaciones entre religión y política. El discurso demuestra que Benedicto XVI busca la colaboración donde otros ven enfrentamiento. Su actitud razonable y abierta hace ver, por contraste, toda la intolerancia de los que gritaban contra su visita.

Cfr. Aceprensa  20 Septiembre 2010.

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