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La Universidad en un tiempo de cambio, por el Dr. Alejandro Llano Cifuentes (Universidad de Navarra); véase en Capellanía informa número 325, http://udep.edu.pe/capellania/capinf325.html

Alejandro Llano Cifuentes es Profesor Ordinario de Filosofía en la Universidad de Navarra desde 1977. Tras haber estudiado en las Universidades de Madrid, Valencia y Bonn, se doctoró en la Universidad de Valencia con una Tesis Doctoral sobre la Metafísica de Kant.

Desde 1967 a 1976 fue Profesor Adjunto de la Universidad de Valencia. En 1976 obtuvo la Cátedra de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid. En 1980 fue Visiting Professor en The Catholic University of America (Washington D.C.). Desde 1981 a 1989 fue Decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra. Ha sido Director y Presidente del Centro de Estudios sobre la Responsabilidad Social de la Iniciativa Privada (CERSIP); Vicepresidente del Seminario Permanente Empresa y Humanismo; Presidente de la Fundación Universidad-Empresa de Navarra. Es Académico de número de la Academia Europea de Ciencias. En 1994 fue Visiting Scholar en la University of Notre Dame, Indiana, U.S.A.

Desde 1991 hasta 1996 fue Rector de la Universidad de Navarra. Desde 2000 es Presidente del Instituto de Antropología y Ética de la Universidad de Navarra. En enero de 2000 fue nombrado Académico de La Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino. Desde octubre de 2002 es Director del Departamento de Filosofía de la Universidad de Navarra.

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Al pensar en la suerte y el destino de la institución universitaria, no es extraño que venga a la memoria el nombre de Etienne Gilson, quien tan profundamente estudió el pensamiento filosófico y teológico surgido en el origen mismo de las Universidades europeas. Parafraseando lo que el gran medievalista escribió sobre la suerte de la Filosofía, podríamos decir que la Universidad entierra a sus enterradores y renace de sus cenizas como el Ave Fénix. El discurso sobre la “crisis de la Universidad” ha sido, durante décadas, uno de los lugares comunes de la discusión acerca de la situación de la educación y la cultura en el siglo XX. Ni siquiera han faltado propuestas concretas para sustituir la unidad de la Universidad por la dispersión de una especie de “multiversidad”, o los edificios y el césped del campus por el espacio electrónico de las redes de ordenadores y bancos de datos. Casi nadie cree ya en esas utopías tecnocráticas. Una vez más, la Universidad se ha vuelto a revelar como un instrumento socialmente imprescindible. Pero esta aparente victoria no ofrece motivos serios para el optimismo. Lo contrario es quizá más cierto.

Heidegger solía citar el lúcido verso de Hölderlin: «Donde está el peligro, allí surge también la salvación». Ahora bien, cuando el peligro no comparece, cuando uno se cree a salvo, la necesidad de salvación permanece oculta: donde no hay peligro, tampoco hay salvación. Y esto es quizá lo que sucede actualmente en muchas Universidades. Resulta muy significativo que los recientes diagnósticos de Alan Bloom y Alasdair MacIntyre, en los que se denuncian las ilusiones residuales de la educación ilustrada y liberal, apenas hayan encontrado eco en los ambientes académicos, tantas veces dominados por el activismo y la trivialidad.

Como ha dicho Robert Spaemann, la utopía está muerta. Pero ¿qué nos queda cuando lo que presuntamente sustituía a la religión se revela como ilusorio? O bien la vuelta al origen, el retorno al Dios vivo, o bien una radical antiutopía que niega cualquier dimensión trascendental del pensamiento humano. Richard Rorty, entre otros escritores relativistas, ha dibujado esta antiutopía: es el sueño de una sociedad liberal, en la cual han desaparecido todas las exigencias absolutas del conocimiento, la religión y la ética; en la cual sólo se consideran como verdaderos el placer y el dolor, sopesados según aquello que Amartya Sen ha llamado una “métrica mental”. No debemos tomarnos nada en serio: queremos sentirnos bien, y eso es todo. El lugar del nihilismo heroico de Nietzsche lo ha ocupado un nihilismo banal que, como también dice Spaemann, se llama a sí mismo “liberal” y a sus adversarios “fundamentalistas”. Para este nihilismo light, libertad significa multiplicación de las posibilidades de opción. Pero no deja emerger ninguna opción por la que valga la pena renunciar a todas las demás. Ya no hay lugar para el tesoro escondido en el campo, por el cual vende cuanto tiene quien lo encuentra.

El relativismo escéptico de la cultura en apariencia dominante no sólo implica la muerte espiritual del alma, sino también de toda cultura vital, sin la cual la Universidad misma acaba por responder a la fúnebre descripción que de ella hiciera Ortega y Gasset: «Cosa triste, inerte, opaca, casi sin vida». La Universidad que, desde hace ocho siglos, ha sido capaz de responder a los desafíos provenientes del exterior, se muestra ahora inerme ante la amenaza que brota de ella misma y que la está vaciando de su propio contenido. Estamos ante el fenómeno que los sociólogos actuales denominan “implosión”, es decir, explosión seca, hacia dentro, producida por un interno vacío. No se trata de un problema funcional; se trata de una decisiva encrucijada institucional. Lo que le sobra a la Universidad es organización; lo que le falta es vida. Lo que necesita es, con palabras de Karl Jaspers, «esa fuerza espiritual básica sin la cual son inútiles todas las reformas de la Universidad».

San Josemaría Escrivá: una nueva radicalidad universitaria
La historia intelectual nos recuerda que, en semejantes coyunturas de oscuridad, han sido, no pocas veces, personalidades hondas y lúcidas las que han señalado certeramente hacia dónde era preciso seguir caminando. Tal es el caso, en nuestro tiempo, de San Josemaría Escrivá, fundador de varias universidades e inspirador y alentador de otras muchas iniciativas académicas en todo el mundo. Josemaría Escrivá no fue sólo un hombre de pensamiento original y un gran universitario, sino también un sacerdote santo, un hombre de Dios. Lo más interesante para nuestro tema es que en él ambas dimensiones –la intelectual y la espiritual– no están separadas ni mucho menos contrapuestas. Vivió con heroica plenitud lo que no cesaba de proclamar: una unidad existencial llena de finura y coherencia, en la que los diferentes parámetros antropológicos adquieren insospechado relieve al referirse a Dios nuestro Padre. Tal es la fuente de ese arrojo de la inteligencia que caracteriza todas sus propuestas de universitario radical, que incita a buscar la verdad más allá de las fronteras del saber adquirido.

Su visión trascendente de las realidades terrenas le llevó a avizorar enseguida que la energía espiritual de fondo que precisa hoy la Universidad no se puede reducir a un humanismo etéreo y sincrético. Así lo expresaba en un discurso académico pronunciado el 9 de mayo de 1974: «La Universidad sabe que la necesaria objetividad científica rechaza justamente toda neutralidad ideológica, toda ambigüedad, todo conformismo, toda cobardía: el amor a la verdad compromete la vida y el trabajo entero del científico, y sostiene su temple de honradez ante posibles situaciones incómodas, porque a esa rectitud comprometida no corresponde siempre una imagen favorable en la opinión pública» (1) La presunta neutralidad está resultando una ficción inhabitable, porque acaba desembocando en la intolerancia y el sectarismo. Por su parte, el “pensamiento débil”, sustitutivo postmoderno de la objetividad ilustrada, constituye la expresión cultural de un permisivismo que, al cabo, lo que permite es el dominio de los débiles por parte de los fuertes. San Josemaría añadía en aquella misma ocasión: «Salvarán este mundo nuestro –permitid que lo recuerde–, no los que pretenden narcotizar la vida del espíritu, reduciendo todo a cuestiones económicas o de bienestar material, sino los que tienen fe en Dios y en el destino eterno del hombre, y saben recibir la verdad de Cristo como luz orientadora para la acción y la conducta. Porque el Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres. Es un Padre que ama ardientemente a sus hijos. Un Dios creador que se desborda en cariño por las criaturas. Y concede al hombre el gran privilegio de poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio» (2).

El paradigma de la unidad de vida
Las palabras de San Josemaría Escrivá apuntan al núcleo profundo que confiere unidad y universalidad a esa comunidad de investigación y aprendizaje que todavía es la Universitas Studiorum, la Universitas Magistrorum et Alumnorum. Para muchos universitarios, el encuentro con el Fundador del Opus Dei supuso el abandono de la facilonería y el aburguesamiento, el compromiso con unos ideales de búsqueda de la verdad, de amor a la libertad y de defensa de la justicia, que se decantaron en una vocación universitaria vivida con apasionamiento. Fue un hombre santo y sabio quien les ayudó a comprender que la misión última de la Universidad es la libre manifestación de los hijos de Dios. La filiación divina es el misterio que nos libera de la vanidad y de la dispersión: el amor paternal de Dios abre la única posibilidad real de que los seres humanos se amen los unos a los otros, y susciten así una cultura renovadora. «El vínculo del Evangelio con el hombre –decía Juan Pablo II en la Universidad Complutense de Madrid– es creador de cultura en su mismo fundamento, ya que enseña a amar al hombre en su humanidad, y en su dignidad excepcional. (…) La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe (…). Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida» (3).

La fe se hace cultura porque enseña a amar al hombre en su concreta humanidad, en esa unidad vital que está hecha de materia y espíritu, de intimidad y trascendencia, de singularidad irrepetible y de apertura a lo universal. No es un acontecimiento histórico contingente el hecho de que la Universidad sea una institución original y originariamente cristiana. Como tampoco lo es la realidad de que la misma idea de Universidad se ensombrece y debilita cuando se olvidan sus raíces cristianas.

Ya en el primer tercio de este siglo, Max Weber nos ofreció la crónica anticipada de esa unidad perdida. Disipada la fe en el único Dios verdadero, lo que queda es un “politeísmo de los valores”, un Olimpo neopagano del que parten solicitaciones contrapuestas. El hombre contemporáneo se encuentra internamente desgarrado por una multiplicidad de lealtades incompatibles entre sí que, en su ruidosa carencia de armonía, sólo coinciden en excluir la fidelidad indivisible al unicum necessarium. Cada uno de nosotros puede experimentar en su propia carne esas “vivencias de discontinuidad”, que le obligan a cambiar de disfraz varias veces al día. La persona ha vuelto a adquirir su etimológico significado de “máscara”, de manera que en un solo sujeto cohabitan varias personas, sin que sea fácil identificarse con ninguna de ellas. ¿Qué somos: miembros de una familia, profesionales, ciudadanos, creyentes, o simplemente payasos? Todo eso y nada de eso. Max Weber lo anunció: el desencantamiento del mundo por la ciencia, la modernización salvaje, habría de conducir a la producción de un tipo de hombres que serían «especialistas sin alma, vividores sin corazón». Ya están por todas partes. Como también se ha hecho pervasiva la «falta de sentido» que, según el sociólogo alemán, sería el precio que habría que pagar por la generalizada sustitución de las convicciones por las convenciones.

Se ha producido una nueva complejidad que no consiste sólo en el aumento de las complicaciones que acompañan desde siempre a la vida humana. También hoy es verdad lo que decía T. S. Eliot: «El género humano no puede soportar demasiada realidad». Pero lo que ahora acontece es que la nueva complejidad no procede de un exceso de realidad sino de un vacío de ser. La proliferación de la anomia y de los efectos indeseados, que provoca en nosotros un estado de perplejidad, tiene su causa en la separación entre las estructuras políticas y económicas, por una parte, y la vida real y concreta de los individuos, por otra. Lo que los sociólogos llaman “tecnoestructura” o “tecnosistema” –el entramado del mercado, del Estado y de los medios de comunicación– ofrece el aspecto de lo irreal, en el sentido de Newman: el hombre de la calle ya no es capaz de reconocerse en esas configuraciones poderosas y fantasmales.

La Universidad actual no puede refugiarse en una simplicidad bucólica que tal vez nunca existió y que ahora es sencillamente imposible. La Universidad, si aún desea seguir siendo ella misma, se encuentra hoy ante el desafío de comprender esa nueva complejidad, gestionarla, y convertirla en una complejidad que ya no sea “perversa” sino humana.

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Publicado en Romana, N° 30 Enero – Junio 2000 Alejandro Llano

1SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, «El compromiso de la verdad», en VV.AA., Josemaría Escrivá de Balaguer y la Universidad, Eunsa, Pamplona 1993, pp. 106-107.

2SAN Josemaría Escrivá de Balaguer y la Universidad, p. 109.

3JUAN PABLO II, Discurso a los representantes del mundo universitario académico y de la investigación, 3 de noviembre de 1982, 2, en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, 5, 3, 1982, Libreria Editrice Vaticana, 1983.

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